Hoy desperté con un dolor de cabeza muy fuerte. De esos que intentan robarte la energía y las ganas de comenzar el día. Preparé un sándwich para desayunar y traté de descansar un rato, esperando que el dolor se esfumara. Pero no se fue. Al contrario, parecía aferrarse a mí como si quisiera marcar el ritmo de todo mi día. Mientras estaba acostado, entre el malestar y la pesadez, algo dentro de mí comenzó a inquietarse. Una voz suave, pero firme, diciéndome: “No te quedes ahí. No permitas que el dolor defina tu día.” Y aunque no me sentía al cien por ciento, tomé la decisión de levantarme. No porque el malestar hubiera desaparecido, sino porque comprendí que a veces hay que avanzar incluso con dolor, incluso con cansancio, incluso con dudas . Me puse de pie, respiré profundo y comencé a limpiar mi casa. Algo tan sencillo, pero tan significativo, porque fue mi forma de decirle a la vida (y al enemigo) que no me iba a rendir tan fácilmente . Mientras limpiaba, el dolor seguía… pero...
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