Hoy desperté con un dolor de cabeza muy fuerte. De esos que intentan robarte la energía y las ganas de comenzar el día. Preparé un sándwich para desayunar y traté de descansar un rato, esperando que el dolor se esfumara. Pero no se fue. Al contrario, parecía aferrarse a mí como si quisiera marcar el ritmo de todo mi día.
Mientras estaba acostado, entre el malestar y la pesadez, algo dentro de mí comenzó a inquietarse. Una voz suave, pero firme, diciéndome: “No te quedes ahí. No permitas que el dolor defina tu día.”
Y aunque no me sentía al cien por ciento, tomé la decisión de levantarme. No porque el malestar hubiera desaparecido, sino porque comprendí que a veces hay que avanzar incluso con dolor, incluso con cansancio, incluso con dudas. Me puse de pie, respiré profundo y comencé a limpiar mi casa. Algo tan sencillo, pero tan significativo, porque fue mi forma de decirle a la vida (y al enemigo) que no me iba a rendir tan fácilmente.
Mientras limpiaba, el dolor seguía… pero también lo hacía la determinación. Y ahí entendí algo que hoy quiero compartirte: la fuerza de Dios no siempre llega cuando nos sentimos fuertes; muchas veces llega justo cuando estamos débiles.
Y ahora, con un poco más de paz y el corazón más estable, estoy aquí escribiendo este primer texto para el blog. Convertí un día difícil en un recordatorio de que Dios siempre nos impulsa a levantarnos, aun cuando el cuerpo o la mente quieran decir lo contrario.
💬 Reflexión espiritual
Y cuando damos ese pequeño paso, Él hace el resto.
📖 Versículo del día
“Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.”2 Corintios 4:16 (RVR1960)
🙏 Oración final
Señor, gracias porque aun en mis días de dolor Tú me das la fuerza para avanzar. Ayúdame a no rendirme ante lo que siento, sino a confiar en lo que Tú puedes hacer en mí. Renueva mis fuerzas y acompáñame en cada paso. Amén.

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